Noticias de Chihuahua, Chih., a Domingo 17 de febrero de 2019

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El Festival Cervantino

por Beatriz Flores 469

La llamada “fiesta del Día de la Cueva” es dedicada a la memoria de San Ignacio de Loyola

Es excitante hablar de fiestas, de reuniones a la luz de luna o en un acogedor apartamento. ¿A quien no le gusta ser invitado a una pequeña o gran celebración? Siempre llega el día, el momento de romper con la rutina y disfrutar con los seres queridos.

¿Qué nos motiva a asistir a la fiesta?... Indudablemente, el sentimiento de cariño que nos une al festejado.

Dicen que habrá una gran fiesta…. Allá en Guanajuato, cuentan que se trata de un gran festejo, mas importante y esplendoroso que las noches cervantinas y que todo inicia cada año, con una velada la víspera del 31 de Julio. A media noche, el cerro de La Bufa o de Los Calderones se ilumina con la luz de las velas que llevan los invitados. Los cohetes surcan el oscuro cielo y explotan en chispas de colores. La gente, entona las mañanitas con singular entusiasmo y algunos permanecen en el lugar, hasta la mañana siguiente.

Existen tres cuevas que a lo largo de los años han sido parte fundamental de esta fiesta y son: la cueva Encantada, la cueva de los Picachos y la cueva Nueva.

Una de las tradiciones más arraigadas en la vida de los guanajuatenses es precisamente esta singular festividad, llamada “fiesta del Día de la Cueva” y es dedicada a la memoria de San Ignacio de Loyola, patrono oficial de la hermosa ciudad de Guanajuato. En la actualidad, la misa en su honor se celebra al mediodía del 31 de julio, precisamente en la cueva nueva.

Cuenta la historia que entre 1537 y 1542 Iñigo Yáñez de Oñaz y Loyola, cambió su nombre por el de Ignacio por ser más común para las otras naciones.

Al leer por primera vez la biografía de este santo, llamó mi atención la siguiente frase:

“El amor de Dios es la fuente del entusiasmo de Ignacio por la salvación de las almas, por las que emprendió tantas y tan grandes cosas y a las que consagró sus vigilias, oraciones, lágrimas y trabajos”.

En su andar por el mundo trabajó incansablemente por la salvación de las almas y su vida continúa siendo ejemplo para muchos.

Es recordado también por su libro titulado “Los Ejercicios Espirituales” en el cual se pretende examinar la conciencia, meditar, contemplar y orar con el fin de preparar y disponer el alma, para quitar todas las afecciones desordenadas y finalmente, poder comprender la voluntad divina.

El fundador de la Compañía de Jesús, no vivió toda su vida consagrada al servicio del Señor; tuvo que sucederle un incidente desafortunado para poder tomar la decisión de continuar siendo un soldado o dirigir sus pasos hacia otra dirección.

Hoy en día, nos ocupamos de miles de cosas y sólo recurrimos a un santo cuando su trayectoria de milagros lo ha colocado en la cima de la popularidad y necesitamos con urgencia su ayuda y atención, pero pocas veces nos tomamos un minuto para conocer ¿Cual fue su vida? ¿Qué hizo por la humanidad? y lo más importante, ¿Qué puedo aprender de él?

Este último año, he dedicado parte de mi tiempo a la lectura de temas relacionados con la vida y obra de San Ignacio de Loyola. A sido un periodo interesante y un camino largo que he recorrido prácticamente sola y en silencio, mas sin embargo, puedo decir que he aprendido grandes cosas, quizá la más importante sea que cuando me siento desesperada, debo procurar la calma porque definitivamente, no es el mejor momento de tomar desiciones. Una de las frases que más me ha inspirado es: “Hay que trabajar como si todo dependiera de la acción y hay que orar como si todo dependiera de la oración”.

Siempre hay que luchar hasta el final -en todo y por todo- y si no logramos ganar la batalla, lo importante fue haberlo intentado.