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Chihuahua, Chihuahua



Viernes 30 de noviembre de 2007

El Insomnio

No podía dormir y recordé el viejo remedio de contar ovejas que van saltando por un cerco


Insomnio I

En cuanto cerré los ojos visualicé a la primera de ellas.

Por su actitud estúpida me pareció más una oveja descarriada que una dispuesta a saltar. Estaba sola. Mentalmente la apuré para que saltara, pero no se movía.

Seguía en el mismo sitio, rumiando. No se me ocurrió otra cosa que desear que apareciera un lobo.

Apenas se completó la idea y vi como la oveja saltó con agilidad impulsada por el pánico y tras ella venían más, muchas más ovejas: dos, tres, cuatro, cinco, seis...se me pasaron otras que no alcancé a contar y mientras seguía contando se me volvieron a pasar otras tantas y fue entonces que me percaté de que ya no eran ovejas, sino lobos...

Dirigí mi onírica mirada hacia el lado opuesto de la cerca y vi como las fieras habían alcanzado a sus víctimas y con espeluznante saña se daban un sangriento festín.

Los depredadores, hocicos sangrantes y lenguas relamiéndose reposaban satisfechos, pero enseguida, como si recibieran la misma orden todos los lobos dirigieron sus bestiales miradas hacia donde yo me encontraba y al mismo tiempo se lanzaron hacia mí y que van saltando el cerco: uno, dos, tres, cuatro... Uno a uno van cayendo ante mis atinados disparos.

Ahora si siento que me invade poco a poco el sueño... ¡Ahummm! Cinco, seis, siete, ocho, nue... (239)

Insomnio II

No es suficiente con llegar cansado. Estoy en la cama dispuesto a dormir porque mañana tengo mucho trabajo. Siento los párpados pesados pero no consigo dormir.

Me dispongo hacer caso del consejo de contar ovejas. ¡Bah! Como si eso fuera suficiente. A ver, ya está. Cerré los ojos, estoy viendo un rebaño de ovejas.

Está también el cerco por donde se supone que tienen que brincar. No se como haya perdurado tanto tiempo esta idea absurda de que pueden brincar. En primer lugar, no son ágiles para saltar. Es más no pueden.

Están ahí, cada una mordisqueando la hierba. Creo que se acerca alguien. Ha de ser el pastor. No. No es el pastor.

A menos que este pastor venga arreglado de traje y corbata como si después que arriar el rebaño tenga pensado irse de fiesta.

Pero no. Este no es un pastor, aunque sí les habla a sus ovejas. Algunas levantan cansinamente la cabeza. Otras, muchas otras más, lo ignoran. El trajeado sigue hablando, gesticula, amenaza. Por fin llamó la atención del rebaño.

Se acercan. Lo escuchan: “Pueblo mío que estás en la montaña...ha llegado el momento de salir de ese marasmo que nos ata y no nos permite alcanzar los frutos del éxito que procura la solidaridad en las acciones que conjuntamente nos conducirán a la unidad nacional.

Yo les prometo, uno....dos...tres...cuatro...cinco...” Y cuando ya sentía que la cobija de la somnolencia me arropaba, que va brincando una oveja y le da un tope al fulano, y luego brinca otra, y otra y otra. Es el momento. Empiezo a contar, mientras que las ovejas mordisquean y patean al trajeado que no puede hacer nada para librarse de sus ovejas. Cinco, seis, siete, ocho...nueve...diez...once....doce...¡Zzzzzzzzz! (286)