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Miércoles 30 de noviembre de 2011

El Plan de Ayala, ayer, hoy y mañana.

Hay de centenarios a centenarios: unos que ni valen la pena se aprovechan para el fasto oficial; otros, que deberían recordarse, cuentan con la displicencia también oficial


Hay de centenarios a centenarios: unos que ni valen la pena se aprovechan para el fasto oficial; otros, que deberían recordarse, cuentan con la displicencia también oficial

Hay de centenarios a centenarios: unos que ni valen la pena se aprovechan para el fasto oficial; otros, que deberían recordarse, cuentan con la displicencia también oficial. El próximo lunes 28 se conmemoran cien años de la promulgación del Plan de Ayala, el 28 de noviembre de 1911, ideario-programa de lucha del Ejército Libertador del Sur, encabezado por Emiliano Zapata. Bandera durante todo un siglo de las incontables luchas campesinas e indígenas por la tierra, por lo necesario para trabajarla y vivir con dignidad y en libertad.

El espíritu fundador y la utopía libertaria de las comunidades indígenas y campesinas que inspiraron el Plan de Ayala siguen vigentes. Pero el contenido y el enfoque han de cambiar en un contexto muy diferente al del primer año de la Revolución Mexicana. Allá se había logrado –precariamente, se demostró luego- el principal objetivo democrático, el Sufragio Efectivo y la No Reelección, pero la gran asignatura pendiente era el programa de justicia social, de restitución de las tierras y territorios a los pueblos indios o campesinos.

Ahora hay estallamientos de violencia por todo el país, pero no revolucionarios. Violencia de descomposición, que no de creación. Hace cien años nos tocó ver en México nacer la primera gran revolución del nuevo siglo; hoy estamos viendo la confluencia de crisis que nos revela que no es sólo el modelo económico, o el régimen los que se están derrumbando. El amontonamiento y agravamiento mutuo de las crisis económica, climática, financiera, ambiental, energética, política, moral, cultural, revela, como dice Armando Bartra, una “crisis epocal” o como dicen otros, una crisis del modelo civilizatorio, o como yo pienso, una crisis de “calentamiento social” ya insostenible.

Es el momento en que las comunidades campesinas e indígenas deben decir su palabra. Deben señalar cuál es la modernidad por la que ellos optan. Modernidad entendida como el proyecto histórico de que buscan ser sujetos conjugando el recoger crítico y amoroso del pasado y la asimilación también crítica y amorosa de los adelantos –los verdaderos, no los de espejismo- que ofrece el presente. Por eso el proyecto de un Nuevo Plan de Ayala debe trascender con mucho un enlistado de las demandas históricas de las comunidades campesinas e indígenas.

Un nuevo Plan de Ayala debería comenzar por un replanteo de las relaciones del campesinado consigo mismo, con el resto de la sociedad y con el Estado. Debe dejar de lado toda visión estadocéntrica, pues aunque fue un Estado fuerte el que operó para el campo el reparto agrario y las bases de un gran desarrollo productivo, también fue ese Estado el que deformó al propio campesinado, lo controló políticamente, lo manipuló, le quitó la confianza en sí mismo, lo hizo tributario de una cultura política de dádivas, no de derechos.

Por eso, a semejanza de los caracoles zapatistas, un nuevo plan campesino debe partir del compromiso del campesinado consigo mismo.

Un compromiso antes que nada a convertirse en sujeto de su proyecto histórico, con o sin el Estado. Un proyecto abierto y compartido con los demás actores sociales: un proyecto que establezca los compromisos de las mujeres y los hombres del campo para aportar a la humanidad, a la patria, a la comunidad de los seres vivos, las experiencias, las riquezas, los valores que les han aportado sus trabajos y sus días. A

nte un clima que se deteriora, ante una sociedad que se descompone, ante una economía que desvanece los satisfactores para los más y concentra los privilegios en unos pocos, ante la multiplicidad y virulencia de las violencias, ante una desigualdad que indigna o enloquece, las comunidades rurales tienen mucho más que justas demandas: tienen saberes, haceres, soluciones, utopías realizables.

Comenzar este Plan con este compromiso, con esta mano que se adelanta para ofrecer y no para pedir, así sea lo justo, es comenzar por la dignidad.

Muchas organizaciones campesinas de hoy, por más que se digan “independientes” no son sino gestoras de los apoyos estatales.

Lo que las diferencia es si dicha labor la realizan con lucha y con dignidad o con arreglos oscuros, sumisión y simulación. Pero quien marca el ritmo es el Estado. Por eso es importante salirse de esta lógica y esto no significa dejar de demandar al Estado lo que por derecho corresponde.

La marcha hacia un nuevo Plan de Ayala debe conjugar un programa de resistencia, construcción desde abajo, nuevas formas de vivir, de producir, de consumir y utopías incluyentes. Al mismo tiempo no puede desentenderse de quién detenta y cómo ejerce el poder de Estado. No solo porque ahí se asignan ingentes recursos y se toman decisiones que a todos nos atañen, también porque, como lo hemos vivido con los gobiernos del PRI y del PAN, de allá de las cúpulas pueden chorrear ríos de corrupción que afectan organizaciones y comunidades.

No es extraño, por tanto que el próximo lunes, en Ayoxuxtla, Puebla, lugar de promulgación del Plan de Ayala se reúna un buen número de organizaciones rurales con Andrés Manuel López Obrador. El Nuevo Proyecto de Nación que él encabeza es el único que puede dar cabida al Plan Campesino para el Siglo XXI.