Noticias de Chihuahua, Chih., a Lunes 21 de agosto de 2017

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¡Nada… Normal!

por Sara O Durán 233

¡Nada… Normal!

Es tan delgada la línea que separa las virtudes de los defectos y tan alta la tolerancia de la sociedad

Es tan delgada la línea que separa las virtudes de los defectos y tan alta la tolerancia de la sociedad, que por el placer que representan los bienes materiales, pocos se atreven a «quedarse mediocres» y rechazar la oportunidad de enriquecimiento y poder. Así sea de forma ilícita.

En una sociedad, en que solo se admira y respeta a quienes llegan a la cumbre, donde todo puede comprarse; ya no solo lo material ¿Qué tan importante puede ser aferrarse a las virtudes? Si hasta los amores, las compañías y la incondicionalidad se compran.

En cuanto se cortan los lazos con un padre y una madre, incapaces de cubrir las necesidades básicas materiales, afectivas, emocionales y psicológicas; aparece una amplia gama de satisfactores que «el mundo del éxito brinda», con cientos de nuevos amigos, socios, aduladores y servidores.

¿Qué chico o chica, puede seguir durmiendo en el piso, sin un techo, sin amor de sus progenitores, sin alimento, sin futuro y con tanto odio reventándoles las entrañas? ¿Quién puede obstinarse por seguir siendo parte de la miseria humana y material?

Aunque no sea fácil desprenderse, es algo que no se piensa mucho... Al tomar la decisión ya se sufrió tanto, que se perdió la esperanza en los demás. Ya no se confía en la familia, en las instituciones, en los gobiernos, en las iglesias, en los vecinos. Aunque «La esperanza sea lo último que muera».

El paraíso del poder ¿Por cuánto tiempo? ¡El que sea! Una semana, un mes, todo el que sea capaz de comprarse su territorio, quien ya salió a la jungla, con suficientes armas de resentimiento, hacia quienes les martirizaron desde antes de abrir los ojos y poder mover sus manos para defenderse. Todos esos en quienes se dejó de confiar, que mataron su esperanza, con repetidas demostraciones de violencia, con disfraz de maltrato o de indiferencia, que provocan el mismo daño.

Se ingresa al mercado y se pretende dominarlo. Allí ya no bastan 60, 100 mil pesos de ingresos mensuales, con los que viven 10 familias comunes. Porque se conoce a los tiburones del mundo y nunca es suficiente para mantener la alegría propia y las de quienes les rodean, incluyendo las lealtades.

50 residencias, todos los amores, 10 coches de fabricación especial, oro y piedras preciosas, los mejores centros vacacionales y de entretenimiento, toda la ropa de diseñador... ¡Es nada!, comparado a lo que se puede lograr, lo que han logrado otros. Ocupar ese lugar tan alto es la meta, constituirse en los dueños del mundo, casi dioses.

Y lo logran, hasta que otro con su misma sed los derroca. Eso lo saben, trabajan incansablemente, se cuidan, durante su poderío.

Puesto en el que hay que cazar, debilitar, hacer lo que sea, siempre, sin titubeos ¡Como si nada! Para vivir y conducirse ¡Normal! como cualquier otra persona de éxito, de las que la mayoría, solo vemos en las revistas.

De sus tropiezos nos entera la tele, y es cuando sus amigos se convierten en enemigos; condición que supieron desde el primer pago que les entregaron, deseando también correr con la suerte o tener la capacidad, de perpetuar esas relaciones tan agradables para su vanidad. «La vanidad» el pecado predilecto de Milton, el personaje siniestro, personificado por Al Pacino, en el «Abogado del Diablo».

Los que integramos la sociedad, los enjuiciamos con dureza, al escucharles responder a:

  • ¿Cómo eran sus días?... ¿Qué hacía?

¡Nada... Normal!

Sin aceptar que es tan normal, como la tolerancia que todos hemos desarrollado, cómplices, inmóviles, solo mirando a cientos de niños y jóvenes elegir esa vida fácil, que de fácil no ha de tener nada. Pues, para nosotros es más fácil, ser tolerantes que solidarios hacia ellos que nos necesitan, desde el momento en que en sus casas no son respetados.

¡No son mis hijos! ¡No me corresponde! ¡No está en mis manos! ¡Son causas perdidas! decimos, y «Nada... todo sigue normal»

Acostumbrados a que esa normalidad nos tenga ya, en situación tan vulnerable a todos.

Y se les tambalea la certeza de que valga la pena seguir siendo «los virtuosos cobardes, mediocres y anónimos», a otros muchos niños aspirantes a la conquista del paraíso terrenal, por esfuerzo propio, por el tiempo que sea, mejor a una eternidad de penurias.

Sara O. Durán