Noticias de Chihuahua, Chih., a Domingo 28 de mayo de 2017

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Son migrantes nuevos reclutas del narco

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Son migrantes nuevos reclutas del narco

El reclutamiento de migrantes se hizo más intenso durante 2009

Álvaro Méndez es guatemalteco. Dejó su país, a sus tres hijos y a su esposa para ir “al norte”. Junto con sus compañeros de travesía llegó hasta Reynosa, ahí sus planes se truncaron.

“Los ‘Zetas’ nos agarraron... Nos llevaron a un rancho, muy grande, donde tienen a mujeres trabajando en la comida y en la limpieza. Ahí cayeron primero siete y luego cinco migrantes más… Al otro día, el patrón me mandó llamar. Pensé que me iba a matar… Me preguntó que si no tenía miedo… Me llevó a pasear en su ‘troca’ (camioneta), y me quiso convencer de que trabajara con él. Me ofreció dólares, camionetas, drogas y mujeres, pero no acepté… A mí me querían con ellos porque me dijeron que necesitaban ‘gallos’ como yo”.

Álvaro logró escapar. Muy pocos lo consiguen. Su relato se incluyó en el Quinto Informe sobre la Situación de los Derechos Humanos de las Personas Migrantes en Tránsito por México, que en mayo de 2009 presentaron las organizaciones Humanidad sin Fronteras, Belén Posada del Migrante y Frontera con Justicia.

Esas organizaciones comenzaron a detectar que desde el 2008 aumentó el secuestro de migrantes centroamericanos. “Cuando no pueden pagar el rescate, los ponen a trabajar para ellos. No sólo los integran al narco, los meten a la trata, al secuestro”, cuenta el sacerdote Alejandro Solalinde Guerra, quien dirige un refugio para migrantes en Ixtepec, Oaxaca.

El reclutamiento de migrantes se hizo más intenso durante 2009. La crisis económica en Estados Unidos llevó a que muchos migrantes no encontraran trabajo en ese país. “Estos migrantes se regresan, se quedan en la frontera y ahí es donde los enganchan”, cuenta el religioso.

En Tijuana, Carlos fue “enganchado” por un grupo de narcotraficantes. Este hondureño, de 16 años, no logró pasar a Estados Unidos. Su familia, al no saber nada de él, se comunicó con el consulado de Honduras en Baja California.

El cónsul Miguel Hilsaca logró localizarlo. El muchacho ya no tenía planes de ir a Estados Unidos, se quedó en Tijuana vendiendo “cristal”. “A los hondureños que son secuestrados les comienzan a lavar el cerebro para que se involucren en el narcotráfico, con la promesa de mejorar su situación económica. Muchos aceptan porque no tienen otra opción, es eso o la vida”.

Para el sacerdote Alejandro Solalinde Guerra todas las formas de reclutamiento del narco muestran que “hay una falla terrible del sistema económico, político y social. Las instituciones no están funcionando. Y si queremos que esto cambie se necesitan transformaciones profundas en todas las instituciones: familia, escuela, gobierno y sociedad”.

La leva de los cárteles

Ser narco es un juego de niños. La prueba está en una escuela primaria de Guadalupe, en Zacatecas. Ahí, en junio del año pasado, alumnos de sexto utilizaban el recreo para “jugar” a ser “zetas” o miembros del Cártel de Sinaloa.

Realizaron pintas en los baños, utilizaban pasamontañas y pistolas de plástico. Su diversión terminó cuando directivos del colegio castigaron por tres días a 18 estudiantes, convocaron a una junta de padres y, para su fortuna, terminó el ciclo escolar.

Para muchos adolescentes y jóvenes, ser narcotraficante o sicario es mucho más que un juego. Son ellos quienes alimentan la base operativa de los grupos delictivos del país, son mano de obra del narco.

Víctor Clark Alfaro, del Centro Binacional de Derechos Humanos, tiene una explicación para el reclutamiento de jóvenes: “Si hubiera mucho empleo en este país y todo mundo estuviera trabajando y estudiando no se estaría dando este fenómeno. Pero en estas condiciones, sales a la calle y ahí está la mano de obra barata y desechable”.

Investigadores como Luis Astorga, especialista en temas sobre narcotráfico, señalan que además del desempleo, la pobreza y la deserción escolar, hay otro factor que empuja a los jóvenes a ser narcos o sicarios. En muchas zonas del país, asegura, el narcotráfico es como una forma de vida, es parte de la cultura. Es como el camino natural que sigue la mayoría de los jóvenes que viven en estas regiones.

Cada vez más pequeños

Luis Astorga, autor del libro El Siglo de las Drogas: El narcotráfico, del Porfiriato al Nuevo Milenio, recurre a la historia para explicar el fenómeno del reclutamiento. Sinaloa, al igual que Sonora, Durango, Tamaulipas y Chihuahua, se caracterizan por ser las zonas más antiguas del país en producción y tráfico de drogas. Aquí, estas actividades tienen una historia de, al menos, 70 años. El narcotráfico se ha enraizado tanto que es visto por la población como una forma de vida.

El investigador dice que la probabilidad de que alguien ingrese a las filas del narcotráfico o de grupos de sicarios es mucho mayor cuando se tiene una mayor afinidad cultural con quienes reclutan.

Luis Astorga lo explica así: “Si llevo un bebé adoptado a una ranchería de la sierra de Badiguarato, Sinaloa, donde desde hace varias décadas la mayoría de la gente se dedica al tráfico de drogas, ten la plena seguridad de que tiene 99% de posibilidades de convertirse en traficante”.

Lo trágico es que cada vez hay más rancherías, pueblos y ciudades donde el narcotráfico ya es parte de la cultura local, en donde los niños nacen y crecen rodeados de violencia e historias de traficantes. En este nuevo mapa resaltan comunidades de Michoacán y Guerrero. Son lugares, menciona Astorga, donde el Estado no tiene presencia, donde se vive un abandono social histórico.

El reclutamiento de jóvenes también se da con mayor fuerza en zonas urbanas como Nezahualcóyotl, Ecatepec, en el Estado de México. Incluso, en el Distrito Federal. Así lo ha visto Carlos Cruz, director de Cauce Ciudadano, organización que trabaja con jóvenes de diversos estados del país.

“Desde el 2000 advertimos que había jóvenes sicarios en la Ciudad de México. Nosotros los veíamos en los barrios en los que vivimos, pero nos dijeron que era una exageración”, cuenta Carlos Cruz.

El éxito de la delincuencia organizada con los adolescentes y jóvenes, dice, también se debe a que les está dando “trabajo y reconocimiento”, algo que se les niega en otros ámbitos sociales.

Carlos Cruz ha encontrado que cada vez son más jóvenes, casi niños, los que ingresan a las organizaciones delictivas. Hace una década tenían 20 a 35 años, ahora reclutan a chavos de 12, 13, 14 y 15.

Además, la crisis económica hace más fácil el trabajo de reclutamiento. “Ante las necesidades económicas, muchos padres se hacen de la vista gorda cuando sus hijos entran a estos grupos”, resalta el director de Cauce Ciudadano.

Esos padres olvidan algo. Víctor Clark Alfaro, del Centro Binacional de Derechos Humanos, lo recuerda: a los jóvenes no los reclutan para participar en actividades de lavado de dinero ni para establecer las relaciones con la clase política o empresarial. Ellos están en la base de la pirámide, hacen el trabajo sucio: la venta, traslado de la droga y, en últimas fechas, también son sicarios.

Así lo ven en Tijuana. Hace menos de un mes, en esa ciudad se detuvo a tres jóvenes. Ninguno tenía más de 18 años de edad. Incluso, había una mujer de 16 años. “Cuando los interrogaron dijeron que les habían pagado 300 pesos por ejecutar a una persona”.

“Para tener esas morras”

En el Laboratorio de Estudios Psicosociales de la Violencia, de la Universidad Autónoma de Sinaloa, realizan un estudio para saber cómo están respondiendo los estudiantes de bachillerato a las promesas que les ofrecen las organizaciones delictivas.

Lo que han encontrado les preocupa: “Cada vez hay más estudiantes que no tienen como proyecto de vida la educación ni la formación profesional. Muchos de ellos están siendo cautivados por el narco”, cuenta Tomás Guevara Martínez, investigador que dirige el laboratorio.

En su trabajo diario con jóvenes de varias zonas del país, Carlos Cruz, de Cauce Ciudadano, ha observado que la escuela ya no es atractiva para ellos. Los datos de la Segunda Encuesta Nacional de la Juventud 2005, refuerzan su dicho: sólo 44% de los entrevistados consideró que la educación servía para conseguir trabajo. Además, muchos de estos chavos viven violencia en casa y en la escuela, así que cuando van a la calle son rápidamente reclutados por el crimen organizado.

El equipo del investigador Tomás Guevara ha realizado entrevistas con estudiantes de bachilleres. Más de uno les ha contestado que desean ser narcos “para tener dinero y esas morras que andan con los narcos”.

Los resultados preliminares del estudio que realizan en la Universidad de Sinaloa muestran que los jóvenes también entran a los grupos criminales para conseguir “estatus y poder”.