Noticias de Chihuahua, Chih., a Martes 22 de junio de 2021

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Clamor

por Antonio Tiscareño 348

Clamor

Hoy prácticamente todos tenemos una historia de víctima para contar

Ha venido creciendo y ahora amenaza con desbordarse algo que empezó como un murmullo mascullado en voz baja en el sigilo protector de la intimidad familiar, donde influidos por la información mediática que consignaba un aumento de casos de trasgresión a las leyes, los padres lo hacían como recomendación a sus hijos a la hora de que estos salían de casa ya para asistir a la escuela o para ir a divertirse. Un “cuídate” casi obligatorio acompañaba entonces cada salida de nuestros muchachos a manera de bendición paterna.

Luego el devenir de los acontecimientos indicó que las condiciones de vida estaban cambiando significativamente y empezamos a comentarlo en nuestros círculos de amistades y con los compañeros de trabajo, nuestra preocupación fue en aumento en justa proporción de la medida en que se volvió patente el estado de inseguridad que empezó a cerrar su amenazante cerco en torno nuestro, los casos de afectación ya no eran historias de personas sin rostro en colonias lejanas a la nuestra. sino las cada vez más repetidas ocasiones en las que familiares y amigos cercanos sufrieron los ataques de la delincuencia

Hoy prácticamente todos tenemos una historia de víctima para contar y aún así podemos darnos por afortunados porque muchos ya ni siquiera están para contarlas, la delincuencia campea a pleno día y los comentarios ya los hacemos en voz alta con cualquiera que quiera oírnos, han subido tanto de tono que ya son verdaderas reclamaciones airadas e impacientes que exigen solución pronta y efectiva.

Pero la solución no está tan cerca como pudiéramos desearlo, con todo y lo que nos escandaliza el actual estado de cosas, esta escalada de violencia no ha alcanzado todavía su punto más álgido… lo peor aún está por venir.
Debemos prepararnos anímicamente y por todos los medios a nuestro alcance para enfrentar lo que seguramente será la etapa más cruenta de esta paradójica guerra por recuperar la tranquilidad.

Hoy cuando recordamos las guerras de independencia y la revolución mexicanas, entendemos que por muy extensos que sean los conocimientos que poseamos, estos no pueden incluir la experiencia de todos actos de rebeldía aparentemente aislados pero que ya pasado aquel momento, considerados a la luz de la reflexión histórica, podemos identificarlos ahora como los preámbulos que fueron gestando la inconformidad popular y que poco a poco acrisolaron los ánimos de la población hasta hacerse tan generalizados que pudieron ser identificados como verdaderos movimientos nacionales que cambiaron el rumbo del país.

Nuestra generación tiene en puerta la experiencia de vivir en carne propia el costo del cambio por el que clama, hasta hoy hemos sido testigos pasivos de las agresiones que nuestra patria ha sufrido de parte de sus violadores y si pensábamos que nuestra pasividad nos iba a librar de las consecuencias de esas sistemáticas violaciones ahora nos daremos cuenta de que por nuestra complicidad permisiva también somos responsables de que nuestro México hoy esté preñado de violencia, todo embarazo genera incomodidades como las que estamos padeciendo y necesariamente culmina en un parto, todos sabemos que ese es el momento más difícil, el de mayor sufrimiento y riesgo.

De un corazón que me amó recibí una vez una sabia advertencia; se me dijo… “Ten mucho cuidado con lo que le pides a Dios, porque si te lo concede tendrás que arrostrar las consecuencias de que tu petición sea escuchada” Esta sentencia la podemos aplicar ahora a todo ese clamor con el que exigíamos un cambio pero siempre esperando que los que cambiaran fueran los demás, más ahora que este cambio está sucediendo, dolorosamente aprenderemos que cuando llegue; esa transformación va a desinstalarnos a todos y solo los que aprendan a cambiar sobrevivirán, los que se aferren a la pasividad, al quedar rezagados, serán alcanzados por ese monstruo de mil cabezas que está despertando paulatinamente y al que ya nadie puede volver a dormir porque todavía desconocemos la tonada de la canción de paz con la cuál tranquilizarlo.

Esa canción pacificadora solo nos la enseñará nuestro propio corazón cuando nuestra necesidad de tranquilidad sea más grande que cualquiera de las ambiciones que hoy nos ensordecen con su griterío, cuando nuestra única y más ferviente súplica sea un “¡Pido paz!, por favor, solo ¡Pido paz!”