Noticias de Chihuahua, Chih., a Martes 15 de junio de 2021

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Contraste no es guerra sucia

por Manuel Narváez 360

Contraste no es guerra sucia

Los panistas tenemos con qué para recuperar la confianza del electorado

Cerca del final de la campaña presidencial de 2006, el temor de que AMLO ganará la elección obligó a la clase empresarial primordialmente, a sugerencia de expertos en la estrategia del contraste, a diseñar una anti campaña que ubicara al exjefe de la Ciudad de México como un peligro para México. Esta frase lapidaria cumpliría su cometido porque finalmente permeó entre los mexicanos el miedo de que un hombre con la personalidad de López Obrador, llegase a los Pinos. Madrazo ya no era pieza, se encontraba a la zaga en tercer lugar, la contienda estaba cerradísima entre Calderón y Andrés Manuel y había que marcar la diferencia a favor, el contraste fue factor decisivo.

Equiparable, aunque guardando las debidas distancias, a la caída del sistema de cómputo en 1988 o al fraude patriótico de 1986 en Chihuahua, la estrategia del contraste aplicada al perredista, como herramienta de las campañas políticas de este siglo, funcionó. No es justificar que estuvo bien o mal, simplemente se puso de relieve las debilidades y flaquezas del tabasqueño, para ganarle la partida; digamos que se eligió lo menos malo, si es que se quiere ver desde un ángulo pesimista.

Desde esos días de angustia para el panismo, tirios y troyanos, rojos, verdes, amarillos, naranjas, etc., han echado mano y abusado de esa estrategia, conocida hoy como “Guerra Sucia”, que es un refrito o mala copia del 2006. Utilizado para despedazar la imagen, trayectoria y vida personal de uno o varios adversarios electorales, sus efectos resultan devastadores porque aunado al desencanto de los electores hacia los gobernantes, en sus tres órdenes, la diatriba o descalificación, ya sea a través de panfletos o redes sociales, sólo contribuyen a alejar todavía más a los ciudadanos de las urnas.

Estas campañas de desprestigio, que no de contraste, socorridas en épocas de elecciones, representan ya un peligro para la democracia, porque buscan, por encima de la propuesta, echar mano de la calumnia o la descalificación del contrario con el fin de restarle votos y no en ganarlos cumpliendo promesas de campaña y haciendo buenos gobiernos.

Bajo este contexto y a dos años de la sucesión presidencial, se habla de la existencia de un personaje cuya nacionalidad sería la argentina, que alardea, al menos así lo declaró a un periódico digital de El Salvador, de aconsejar al presidente de la República en estos menesteres.
Marcelo Molina, el consultor y asesor sudamericano estaría fraguando la estrategia de guerra sucia en contra del gobernador mexiquense y aspirante a la candidatura presidencial por el PRI. Molina de quien medios impresos del D.F. ubican su despacho cerca de Chapultepec, iniciaría la anti campaña después de los comicios del 4 de julio.

Quienes siguen de cerca la vida y obra de Enrique Peña Nieto, han dado cuenta de sus orígenes, padrinos, aliados, intereses y vida personal. Todo está consignado en las hemerotecas de las empresas televisoras y rotativos más influyentes de la capital del país; no hay nada que no se sepa de la trayectoria política y personal del interfecto, estando bajo la lupa y escrutinio de sus adversarios y la opinión pública. Este marcaje personal ha ido disminuyendo la ventaja que hasta hace unos meses superaba el 60% de la intención de voto, si ahora fueran las elecciones.

Dada la complejidad que enfrenta Acción Nacional en las elecciones estatales de este año y como preámbulo a la de cambio de poderes federales, ni el presidente de México, ni la dirigencia del partido ni mucho menos los mexicanos, lo que quieren es ensuciar la sucesión presidencial porque significaría sepultar los ideales de Manuel Gómez Morin y reducir a simples reyertas coyunturales, siete décadas de lucha por las libertades y la democracia.

Para ganarle al PRI en el 2012, primero debemos reconciliarnos con la sociedad que tanta confianza y respaldo nos entregó sin reservas, sobre todo en los años 80s, 90s y a principios del siglo XXI. Los panistas tenemos con qué para recuperar la confianza del electorado sin necesidad de recurrir a estrategias dolosas o estrategas apátridas, porque tenemos doctrina y principios, porque juramos un código de ética y honor cuando aspiramos a los cargos públicos.

Por respeto a los que nos antecedieron y por aquellos que ofrendaron su vida en aras del bien común, soportemos nuestras aspiraciones en la doctrina del PAN, con base en nuestras fortalezas y prestigio, y no en prácticas deleznables que atenten contra la dignidad de la persona. Sólo así podemos recuperar la confianza y la credibilidad de los votantes.