Noticias de Chihuahua, Chih., a Lunes 16 de octubre de 2017

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Inercias culturales

por Antonio Tiscareño 273

Inercias culturales

Si queremos beneficiarnos de una buena cosecha, es necesario que sacudamos las espigas para quitarles la paja

Nos hacen falta respuestas para los retos que nos presenta la vida y si nuestra intención de encontrar la verdad es verdaderamente honesta, si realmente pretendemos ser responsables y maduros para alejarnos en todo lo posible de esa superficialidad e improvisación que tanto criticamos cuando la observamos como característica negativa en la actitud de la mayor parte de esa población que se conforma con ir existiendo simplemente dejándose arrastrar por la poderosa influencia de las costumbres,

Si estamos conscientes de que en la mayoría de los casos esas costumbres no están inspiradas por criterios de respeto hacia el ser humano, sino que son concebidas, implementadas y ejercidas para servir a intereses estrictamente particulares, que solo ven a las personas como objetos de manipulación para conseguir a satisfacer algunas ocultas pretensiones, entonces por donde debemos empezar es por revisar esas costumbres yéndonos hasta su mismísimo origen para comprender las intenciones que las motivaron y en base a ello decidir si son dignas de continuar vigentes en cuanto demuestren que son operantes al ofrecer soluciones para las generaciones actuales.

Tenemos que estar muy conscientes de que al ir buscando esas respuestas, vamos a encontrar algunos obstáculos; el principal de ellos será nuestra propia ignorancia la cual queda de manifiesto desde el momento mismo en que nos sentimos insatisfechos con el actual estado de cosas que no marchan como debieran, pero no atinamos a hacer que marchen mejor, lo cuál nos hace obvio que padecemos una carencia de conocimiento y por ende, surge la necesidad de abatirla.

Otro de los obstáculos con el que seguramente habremos de topar, será con el medio social en el que nos desenvolvemos, el cual necesariamente percibimos a través del trato con los individuos con los que convivimos, la mayoría de los cuales adolecen de una ignorancia muy semejante a la nuestra, contando además con que el escaso conocimiento disponible nos llegará deformado al pasarlo a través del filtro de una pobre capacidad de comprensión y notoriamente prejuiciado por los intereses personales - justificables o no - que cada uno haya creado al amparo de ese ambiente, por lo cual el concepto de realidad se nos presenta como una propuesta muy compleja, imprecisa y llena de contradicciones la cuál hay que ir descifrando y depurando para hacerla funcional.

No perdamos de vista que como consecuencia de un fenómeno de resonancia grupal propio de toda sociedad, continuamente estamos sometidos a la tentación de sentirnos autosatisfechos al considerar que la sobreabundancia de opiniones nos pudiera haber conseguido un acerbo más o menos aceptable de verdadera sabiduría, más si así fuera no estaríamos inmersos en esta crisis de valores que nos salta a la vuelta de cada esquina y está dando al traste con cualquier teoría social o personal que presuma de exitosa.

Cantidad no es sinónimo de calidad y quizá hasta hoy lo único que hayamos logrado habrá sido amontonar una gran cúmulo de costumbres de escaso valor filosófico, que incidentalmente sirvieron para resolver alguna situación de algún momento específico, en algún lugar determinado y para algunos individuos en lo particular, pero que al intentar traspolarlas a cualquier situación, demuestran no tener mayor validez y ni siquiera una aceptación universal cuando pretendemos usarlas para resolver problemáticas más complejas y sobre todo más actuales.

Generalmente somos más emotivos que inteligentes, por eso nos aferramos sentimentalmente sin cuestionarlos a conceptos a los que les otorgamos un valor no comprobado de verdad, simplemente porque nos han sido trasmitidos a través de personas a las que les profesamos afecto y respeto como en el caso de nuestros antepasados y sentimos como que les faltamos al respeto si disentimos de su forma de entender la vida, pero es condición indispensable para nuestra evolución el romper paradigmas y esforzarnos en superar en calidad y en cantidad el acerbo que recibimos. El verdadero respeto que debemos a las anteriores generaciones es demostrar que somos capaces de hacer lo mismo que ellos hicieron en su momento y eso es romper los moldes heredados para buscar nuestra propia realización, construyendo nuestra propia tabla de valores que no sean inoperantes y anacrónicos objetos de veneración a los que haya que estarles sacudiendo el polvo, en vez de eso debemos hacernos de las nuevas herramientas que exige la vida actual, de lo contrario terminaremos siendo desilusionados dueños de un montón de oxidadas antigüedades que ya no sirven para nada.

Así mismo cuando queremos resolver los problemas sociales actuales utilizando los conceptos tradicionales muchos de los cuales ya no tienen una justificable razón de ser, vemos como aquellas que suponíamos eran “reglas de oro”; ante las exigencias de la inaplazable modernización, lastimosamente terminan por “enseñar el cobre” y con tristeza vemos que durante generaciones nuestra sociedad se ha ocupado de “gastar su pólvora en diablitos” y que lo que pensamos que podíamos dejar como el oro de una valiosa herencia a nuestras futuras generaciones, no es otra cosa que el oropel deslucido de esa “fayuca” ideológica, todos esos “espejitos y baratijas” que algunos contemporáneos conquistadores aventureros de la política, nos han truequeado a cambio de la más valiosa de los joyas que posee cualquier generación: EL TIEMPO.

¿Cómo evitaremos que los mercenarios políticos nos sigan haciendo perder ese inapreciable tesoro?, solo en la medida en la que tomemos la suficiente conciencia para evitar que nos involucren en las discusiones artificiales de temas que no son de auténtico interés colectivo, que son solo fuegos fatuos, frivolidades con las que nos apartan de los temas verdaderamente importantes y así nos vuelven a robar tiempo pues evitan que a través de negarles nuestro voto, les hagamos un reclamo muy serio y decidido acerca de su estrepitoso fracaso en implementar las condiciones que nos brinden ese mejor nivel de vida al que aspiramos TODOS, independientemente de nuestras ideologías. Que para eso les pagamos tan caro sus ineficientes servicios.

Por eso se impone una revisión a fondo de los conceptos en los que pretendemos seguir fincando nuestra civilización, pues ya vemos como eso que pomposamente llamamos “valores universales”, en la mayoría de los casos está resultando que - si bien les va -, no pasan de ser apenas “valores culturales” escasamente localistas, que nos han sido impuestos por las hegemonías y ya solo tienen vigencia para los que se empeñan en sostenerlos como bandera para justificar sus actitudes de intolerancia y su falta de compromiso con las verdaderas causas universales como lo son los derechos humanos, entre los cuales uno primordial es el respeto a las diferentes formas de pensamiento.

Si queremos beneficiarnos de una buena cosecha, es necesario que sacudamos las espigas para quitarles la paja y quedarnos solo con la preciosa simiente que sean los auténticos valores a los que aspiramos, dejemos de PRE-OCUPARNOS en tantas tontas costumbres ya sin razón de ser y OCUPÉMONOS en conservar solo lo que valga la pena, vivamos y dejemos vivir, no pongamos en evidencia nuestro temor e inseguridad cuando son puestos a prueba los que desde nuestra limitada perspectiva consideramos como valores, si en verdad poseen esa categoría, por sí mismos surgirán tan depurados y triunfantes como se desprende el oro de las impurezas cuando es pasado por la prueba del fuego ¿y si no?… nada bueno se habrá perdido, en todo caso nos habremos librado de muchas malas mañas disfrazadas de bondades y tendremos menos pretextos para comportarnos como fariseos hipócritas quienes diciendo defender a Dios crucificaron a Dios mismo cuando se atrevió a decirles que convertían la ley en letra muerta porque se olvidaron practicar el espíritu de justicia de esa ley .
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Aurelio Antonio Tiscareño